DISCURSO DEL PROFESOR RENE CASSIN PRONUNCIADO EN LA PRIMERA SESION PLENARIA CELEBRADA EL 8 DE NOVIEMBRE DE 1969
Doc. 25 – 8 de noviembre de 1969
Señor Presidente Señores Ministros
Señor Secretario General de la OEA Señores Delegados:
Tengo a honra el hacer uso de la palabra en nombre de las personalidades invitadas a participar en la presente conferencia panamericana, que no asisten en calidad de delegados de un gobierno.
Esas personalidades, designadas consejeros o asesores, representan, las unas, instituciones internacionales universales o regionales; las otras, ciertas fases de la vida de tales instituciones y de las relaciones internacionales.
Permítaseme manifestar que la invitación con que se les ha honrado trasciende sus personalidades y tiene una significación más amplia y más elevada. Los Estados Americanos, cuya Organización tiene ya cierta antigüedad y ha prestado verdaderos servicios, especialmente en el campo de los Derechos Humanos, desean poner así de manifiesto que el carácter privado de sus labores no entraña en modo alguno la voluntad de realizar un esfuerzo aislado. Si la naturaleza ha distribuido a los pueblos de la tierra en diversos continentes, la unidad del género humano y la dignidad de cada ser humano constituyen para nuestros amigos americanos postulados indiscutibles. En otras palabras, el universalismo es lo que constituye la base de todos los trabajos y acciones que tienden a proteger y a promover los derechos del ser humano como también sus deberes. Todo esto está acorde con el espíritu que, en San Francisco, al finalizar la segunda guerra mundial, inspiró a los jefes de Estado, la promesa ya realizada, hecha entonces a los pueblos, «de una Carta Mundial de los Derechos del Hombre». No obstante, ese universalismo de principios no entraña en manera alguna la uniformidad mundial de las instituciones y de los medios, nacionales o internacionales, por los cuales se debe tratar de lograr las finalidades de la Carta. Aunque el vasto continente americano esté poblado por grupos humanos muy diferentes en cuanto a raza, civilización y costumbres; aunque por ejemplo algunos países sean predominantemente rurales y otros tengan una industria muy avanzada, y aunque haya desigualdad cronológica en el grado de su desarrollo, entre todos esos pueblos americanos existen afinidades geográficas, históricas, psicológicas y un patrimonio de conceptos comunes que, no solamente no pueden ser menospreciados o soslayados, sino que, por el contrario deben utilizarse para facilitar la adopción de reglas comunes de conducta y para promover el respeto efectivo de los derechos del hombre.
Los Estados del continente americano ya han decidido una vez conjugar las exigencias del universalismo y las facilidades prácticas aportadas por el regionalismo para aplicar los principios de la Declaración Universal, ahora falta saber cómo van a orientarse vuestras deliberaciones.
Permítaseme a este respecto comunicaros, con toda modestia, algunas observaciones derivadas de una larga experiencia en los tres campos, el nacional, el universal y el regional. En verdad, he tenido el privilegio de presidir durante 16 años el más alto tribunal administrativo francés, el Consejo de Estado, que tiene la misión de delimitar, los derechos y los deberes respectivos de los particulares y de las colectividades públicas, como el Estado. A partir de 1946 participé también en los trabajos de la Asamblea General de las Naciones Unidas y en los de la Comisión de Derechos Humanos que preparó la Declaración Universal de 1948 y los dos Pactos generales de aplicación. Por último, desde 1950 tuve el privilegio, en mi carácter de juez y de presidente de la Corte Europea de los Derechos del Hombre, de participar en el proceso de aplicación efectiva de la Convención Europea del 4 de noviembre de 1950.
Sin embargo, esa experiencia no me induce en absoluto a decir a esta Conferencia que copie al pie de la letra el sistema europeo adoptado para asegurar les Derechos del Hombre. Esta Conferencia tiene un carácter jurídico, casi judicial muy pronunciado, aun en lo que concierne a la función de la Comisión Europea de Derechos Humanos.
Precisamente la Comisión Interamericana de los Derechos del Hombre, a base de los textos bastante compendiosos que la constituyeron, ha realizado empíricamente una obra original que ha dado resultados significativos en casos críticos en que han estado en peligro los derechos del hombre, no solamente de individuos aislados sino de grupos de ciudadanos. La Comisión Interamericana ha adoptado métodos de acción, como el de trasladarse inmediatamente al lugar de los hechos, que la Comisión Europea no hubiera podido utilizar, salvo en casos excepcionales en los cuales no habrían faltado dificultades. Sin embargo, en ciertos campos la Comisión Interamericana ha ido más allá de su función de promotora de los derechos del hombre, para convertirse en protectora al actuar como órgano judicial. Si de esa comparación pudiera derivar una enseñanza, ésta sería la de que vuestra Comisión conserve el carácter flexible que le ha permitido infundir respeto y tener éxito en muchos casos, y no debe permitirse que pierda el terreno ganado. En cambio, no sería razonable defraudar las aspiraciones de ciertos países americanos que estiman que hay quejas contra violaciones de los derechos humanos, provenientes de particulares o de Estados, a las que debe encontrárseles una solución, no de carácter político o empírico, sino de carácter jurídico. Sería justo que esos países pudiesen establecer, sin destruir un mecanismo ya probado, un instrumento nuevo que pueda, como en el caso de Europa, reforzar una convención mediante una serie de interpretaciones y formar una jurisprudencia de valor inapreciable para prevenir violaciones futuras.
Uno de los objetivos que se presentan a esta Conferencia parece ser el de tomar en cuenta los instrumentos más sencillos a los cuales habrá que continuar, por lo menos recurriendo de una manera obligatoria en caso de queja, y tomar en cuenta también las medidas progresivas a las cuales los listados interesados juzguen que pueden recurrir mediante un acto de adhesión voluntaria, facultativa. En Europa, el método de declaraciones facultativas anticipadas ha tenido un verdadero éxito entre la mayoría de los Estados, tanto por la admisibilidad de las peticiones de particulares presentadas a la Comisión, como por la admisibilidad de los recursos interpuestos por los Estados ante la Corte Europea. Quizá puedan ensayarse también en América procedimientos análogos.
Lo esencial es que la más alta finalidad se enfoque y se logre en el mayor número posible de casos: prevención de las violaciones de los derechos del hombre o pronta reparación de los atentados ya cometidos. Los medios, siempre que en sí sean justos, no deben enmarcarse en un clisé uniforme. Así como las aplicaciones de carácter regional son dignas de estimulo, junto con las de carácter universal que sancionan los Pactos sobre la materia, asimismo las convenciones de carácter regional no podrían tener un procedimiento único de prevención o de censura. Hay que facilitar el respeto de los Derechos Humanos por los medios más variados, siempre que éstos ofrezcan verdaderas garantías a las censuras, las correcciones y las reparaciones fortuitas.
Para terminar quisiera rendir, en nombre de quienes hablo, un homenaje especial al país que hoy recibe a los participantes en la Conferencia; Costa Rica.
El discurso en un plano excepcionalmente elevado con el cual el Excmo. Señor Presidente de la República de Costa Rica, Profesor J.J. Trejos Fernández, inauguró la Conferencia, deja ya establecida la importancia que ese país atribuye a los trabajos que preside el señor Fernando Lara. Sin embargo, no se trata solamente de un interés ocasional o temporal. Todos los que, desde la creación de las Naciones Unidas, han participado en las Asambleas Generales o en los debates de la Comisión de Derechos Humanos de esa organización, han apreciado siempre la firmeza y a la vez la moderación de los delegados de Costa Rica y su dedicación continua a la causa de los Derechos Humanos.
En esta ocasión, todos nos sentimos honrados por la hospitalidad que nos brinda su noble patria.