DISCURSO DEL EXCELENTISIMO SEÑOR ALEJANDRO MAGNET PRESIDENTE DE LA DELEGACION DE CHILE PRONUNCIADO EN La SESION INAUGURAL CELEBRADA EL VIERNES 7 DE NOVIEMBRE DE 1969 Excelentísimo señor Presidente de la República Excelentísimo señor Ministro de la Relaciones Exteriores de Costa Rica
Doc. 19 – 7 de noviembre de 1969
Excelentísimos señores Cancilleres de las Repúblicas
Centroamericanas
Señores Delegados
Señor Secretario General de la OEA
Señores Observadores
Señoras y señores:
Los delegados de los países acreditados en esta Conferencia le han conferido, no a mi persona, por supuesto, sino a la del representante de Chile, el alto honor de hablar a nombre de todos ellos en esta solemne ocasión.
Es un honor y una responsabilidad que, como chileno y americano, agradezco profundamente. Ellos colmarían de orgullo al representante de cualquier país. Particularmente a un chileno, aunque no fuera sino por un hecho, si se quiere anecdótico: Cuando en la Comisión respectiva del Consejo de la OEA se comenzó a tratar sobre la sede de esta Conferencia, dos países ofrecieron de inmediato ser sede de ella: Costa Rica y Chile. Cuando la Cancillería chilena se enteró de que San José era sede alternativa, recibí instrucciones de no competir.
¿Qué sede más apropiada, en toda América y en toda América Latina, especialmente, para elaborar el tratado que ha de dar forma jurídicamente obligatoria al respeto a los derechos humanos, que este país en el que todos vemos retratados lo que todos siempre queríamos ser en esa materia? ¿Qué país más sincero, más modesto, más constantemente dedicado al servicio permanente de los valores democráticos, a la construcción de una sociedad donde los derechos de la persona humana sean realmente respetados? La importancia de los países no se mide siempre, ni los juzga la historia, por la masa de sus hombres, de su poder militar, o por el peso de su riqueza. Las ciudades griegas, de cuya herencia espiritual aún vivimos, eran pequeñas comunidades de hombres cuyos exponentes supieron dar un nuevo sentido a la existencia individual y social. De los faraones de Egipto sólo quedan esas gigantescas tumbas que son las pirámides. ¿Qué queda del esplendoroso poder del Rey de Reyes de los persas?
Los hombres que tenemos el sentido de lo humano, que es el sentido de la historia, podemos construir en esta América, podemos seguir construyendo, una nueva civilización, que sea nuestro mensaje para los siglos por venir.
Estamos conscientes de que muchos de nuestros pueblos, los latinoamericanos, son de los que ahora se llaman subdesarrollados y, por cierto, merecemos en muchos respectos ese nombre. Pero no seamos subdesarrollados mental y espiritualmente. No nos resignemos a que nuestras deficiencias económicas, que son reales, no aceptemos que nuestras estructuras sociales y económicas que son tantas veces injustas o inapropiadas, nos cierren el horizonte de nuestras posibilidades para construir comunidades más respetuosas de la dignidad del hombre. Este país está probando que no es necesario superar la frontera de los 700 o de los 1.000 dólares per capita al año para construir sociedades que puedan llamarse «la casa del Hombre».
Es inspirador, señores, reunirse en Costa Rica para llegar a un acuerdo formal, jurídicamente obligatorio, políticamente eficaz, que estatuya cuáles son los derechos políticos, económicos y sociales que deben ser religiosamente respetados, y que determine las instituciones y procedimientos para que el respeto sea efectivo.
Esta Conferencia quizá no llame tanto la atención como las que pronto han de celebrarse para llegar a acuerdos en materias económicas. No intento, por cierto, disminuir la importancia realmente vital de esas otras reuniones, pero ésta no es menos importante.
No necesito extenderme sobre la interacción dialéctica permanente entre lo económico- social y lo político-jurídico. Pero la relación entre ambos campos es precisamente dialéctica, opera en ambos sentidos. Si lo económico-social actúa sobre lo político-jurídico, las normas que en este campo se establezcan también influyen sobre el desarrollo económico-social, si se las elabora con sentido de la eficacia y también ¿por qué no decirlo del ideal? Estamos cansados en América Latina de declaraciones retóricas y nada hay más desmoralizante para los pueblos que las palabras a las que los hechos no acompañan. Pero aquí estamos para convertir en estatuto internacional a lo que ya hemos afirmado: a los principios contenidos en todas y cada una de nuestras respectivas constituciones políticas, para dar una nueva dimensión a nuestra comunidad americana. Buscamos más aún: crear instituciones y procedimientos para que la comunidad de naciones americanas dé sanción efectiva al principio y al sentimiento de que la libertad, la justicia y la dignidad de la persona humana son valores indivisibles.
Si creemos y aceptamos que el atropello a los derechos de un hombre afecta a toda la humanidad y no necesito citar los versos famosos de John Donne, bien debemos aceptar que nuestra comunidad americana puede y debe tomar como tal, a nivel internacional, las medidas para evitar y corregir los atropellos que en nuestro ámbito se comentan.
Esa es una tarea que responde a nuestra profunda vocación histórica. Es un desafío a nuestra capacidad política, a nuestra voluntad de servicio al progreso democrático.
Puede que las estrellas no gobiernen el destino de los hombres pero ellas orientan su marcha y, a veces, su luz lejana los inspira y consuela, en la oscuridad de la noche. Aquí podemos crear una nueva y brillante constelación en el derecho y la política americana. No tememos el futuro. Creemos que nuestros pueblos y nuestros Estados son capaces del desarrollo democrático que haga efectivamente de esta América una comunidad internacional, en forma, de derecho, al servicio del hombre y de su irrenunciable dignidad, cualquiera que sea la nacionalidad, sexo, raza, creencia religiosa o política. Y estemos contentos y agradecidos de que a este propósito se le pueda dar estatuto aquí en San José de Costa Rica.