DISCURSO DEL SEÑOR GALO PLAZA, SECRETARIO GENERAL DE LA ORGANIZACION DE LOS ESTADOS AMERICANOS PRONUNCIADO EN LA SESION INAUGURAL CELEBRADA EL VIERNES 7 DE NOVIEMBRE DE 1969
Doc. 15 – 7 de noviembre de 1969
Asistimos hoy a una asamblea soberana de pueblos que, por muchas razones, es de gran trascendencia en la historia del Sistema Interamericano.
No creo que exista un motivo más elevado para convocar una conferencia que el afán de sentar las bases para una mejor defensa de los derechos y las libertades del hombre.
Es muy alentador que los pueblos americanos se reúnan con miras al mantenimiento de la paz y para fomentar su desarrollo, económico y social. Pero creo que es tanto o más plausible que se reúnan para consagrar en un pacto solemne la protección internacional de la dignidad humana, meta superior a que puede aspirar una comunidad políticamente organizada.
Nos toca hoy participar en un acontecimiento en que habrían deseado estar presentes muchos de nuestros grandes hombres de la historia, una reunión que determinará qué derechos y libertades se van a proteger internacionalmente en América y que decidirá sobre el perfeccionamiento de instituciones destinadas a garantizar internacionalmente esa protección y sobre la creación de otras entidades que aseguren jurídicamente aquellos derechos y libertades.
Estamos ante la perspectiva de alcanzar algunos de los frutos para los cuales por mucho tiempo se ha venido sembrando y abonando el terreno. Tuve el honor de participar, el año 1945, en la Conferencia de Chapultepec, en la que se dieron los pasos iniciales encaminados a la consagración de los derechos del hombre en un texto regional obligatorio. Esa aspiración no llegó a concretarse en la Conferencia de Bogotá, tres años después, pero ahora, a los veinte años de la Novena Conferencia, será sin duda realizada.
Abrigo la esperanza de que las jóvenes generaciones que nos escuchan en esta hora sabrán comprender el alcance de la Conferencia Especializada que hoy inauguramos en esta noble ciudad de San José de Costa Rica. Deben comprender que ella es el fruto de una lucha indeclinable y firme por parte de nuestra Organización y recoge la voluntad de las grandes corrientes populares, fuerza incontenible que impulsa a la acción.
Reuniones como esta Conferencia Especializada reflejan un estado de conciencia colectiva madura, de que puede sentirse orgullosa nuestra América. Esta Conferencia responde a la determinación de todos los países que integran la Organización de los Estados Americanos de que es necesario estructurar un instrumento jurídico regional que haga obligatorio en el plano internacional el respeto de los derechos fundamentales del hombre.
Son muchos los hombres y las entidades a través de la historia que han hecho su aporte, directa o indirectamente, para llegar al gran objetivo que es la Convención Interamericana de Derechos Humanos. Tendríamos que mencionar en primer lugar el nombre de Simón Bolívar; tendríamos que recordar también a un centroamericano insigne, José Cecilio del Valle, considerado por muchos como el Padre del Panamericanismo; y a Juan Bautista Alberdi, el preclaro argentino que previo como pocos la posibilidad de este pacto protector de los derechos humanos; tendríamos en fin, que mencionar a Antonio Nariño, el ilustre colombiano que tradujo por primera vez en Sudamérica la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Y habría que evocar entre esos iniciadores y constructores, al no menos grande George Mason, el virginiano que formuló antes que nadie en América una Declaración de Derechos Humanos, que sirvió de inspiración a los delegados de las trece colonias que poco después proclamaban en Filadelfia la independencia de los Estados Unidos.
Nuestra tarea viene pues precedida de una legión magnifica de esforzados batalladores por la causa de los derechos humanos; y la Convención que ha de firmarse aquí será, sin duda alguna, el tributo más noble que podamos rendir a esos precursores.
Nuestra Organización no descuidó, desde sus primeros pasos, el tema de los derechos humanos. La defensa y protección de los mismos cobró fuerza a medida que se perfeccionaba el sistema interamericano, pero «la conciencia asustadiza de las soberanías nacionales», como dijera Luis López de Mesa, ilustre delegado de Colombia a la Novena Conferencia Internacional Americana, hizo posponer el compromiso obligatorio para otra oportunidad.
Sin embargo, en 1948, en la propia Novena Conferencia los Estados Americanos, entre los doce principios enunciados en la Carta de la Organización y que son parte integrante de las obligaciones contraídas, dichos Estados proclaman «los derechos fundamentales de la persona humana sin hacer distinción de raza, nacionalidad, credo o sexo». Más adelante la propia Carta impone expresamente a los Estados miembros la obligación de respetar los derechos humanos. En efecto, el Artículo 13 dispone que «Cada Estado tiene el derecho a desenvolver libre y espontáneamente su vida cultural, política y económica. En este libre desenvolvimiento el Estado respetará los derechos de la persona humana y los principios de la moral universal».
Por otra parte, en esa misma Conferencia se aprobó la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, instrumento que ha desempeñado un cometido muy útil y honroso en estos veinte años. Porque hay que recordar que la Declaración Americana, fue en 1948 la concreción de las aspiraciones y esperanzas de nuestros pueblos, expresadas en el momento excepcional en que culminaba una importante etapa del proceso interamericano.
En el preámbulo de la Declaración se afirmó de manera incuestionable «que los derechos esenciales del hombre no nacen del hecho de ser nacional de determinado Estado sino que tienen como fundamento los atributos de la persona humana», y que «la protección internacional de los derechos del hombre debe ser guía principalísima del derecho americano en evolución».
Y así llegamos al año 1959 en Santiago de Chile, donde la V Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores, en una resolución que dio especial impulso a la evolución institucional de la Organización, declaró que al cabo de once años de proclamada la Declaración Americana, y habiéndose avanzado paralelamente en el seno de las Naciones Unidas y del Consejo de Europa en esta materia, «se hallaba preparado el ambiente en el Hemisferio para que se celebre una Convención». Por consiguiente, la V Reunión le encomendó al Consejo Interamericano de Jurisconsultos la elaboración de un proyecto de Convención sobre derechos humanos, disponiendo a la vez la creación de una Comisión Interamericana de Derechos Humanos que se encargara de promover el respeto de tales derechos.
Esta Comisión, organizada por el Consejo de la Organización en 1960, es la que ha venido cumpliendo la elevada misión de velar por la observancia de los derechos de la persona humana en el ámbito continental. Ha tenido, asimismo, la responsabilidad de formular, por petición del mismo Consejo de la Organización, el texto definitivo del actual Proyecto de Convención, que en parte se basa en el proyecto elaborado por el Consejo Interamericano de Jurisconsultos y que será discutido en esta Conferencia Especializada.
Justo es decir que en este decenio la Comisión no sólo ha promovido sino que en no pocas circunstancias ha defendido eficazmente los derechos de la persona humana. Dos pruebas elocuentes ofrece en estos años la labor desplegada por la Comisión en la República Dominicana y más tarde en las Repúblicas de Honduras y El Salvador. En esos casos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha sido una mano protectora para miles de ciudadanos víctimas de la violencia.
Es auspicioso que sea Costa Rica — tierra de probada vocación de paz y derecho — la sede de esta Conferencia Especializada. Sobrados méritos tiene este país para servir de cuna a la Convención sobre Protección de los Derechos Humanos. Fue en esta misma nobilísima tierra donde en el pasado, para orgullo de América, hombres ilustres establecieron el primer tribunal regional de los tiempos modernos, encargado de velar por el respeto y cumplimiento del derecho; la Corte Centroamericana de Justicia. Ahora, con el valioso concurso de los eminentes juristas de América aquí presentes, se dará otro paso de alcance continental para que los ciudadanos de todas las patrias americanas gocen también en el orden internacional de una garantía para sus libertades fundamentales. Es esta la magna e histórica tarea de la Conferencia que hoy se inaugura a la que acompañan los anhelos fervientes de los pueblos de América.