DISCURSO DEL EXCELENTISIMO SEÑOR PROFESOR JOSE JOAQUIN TREJOS FERNANDEZ, PRESIDENTE DE COSTA RICA PRONUNCIADO EN LA SESION INAUGURAL CELEBRADA EL VIERNES 7 DE NOIEMBRE DE 1969
Doc. 17 – 7 de noviembre de 1969
Señoras, señores:
Me corresponde el privilegio de expresar, en nombre del Gobierno de Costa Rica y como representante de la Nación costarricense, nuestra más cordial bienvenida a quienes han llegado a esta tierra amiga con motivo de la Conferencia Interamericana Especializada sobre Derechos Humanos que ahora se inaugura.
La celebración de esta Conferencia es un acontecimiento que habrá de quedar consignado en las páginas de nuestra Historia Patria. Tenemos clara conciencia del honor que significa para Costa Rica el hecho de que aquí se haya dado cita el distinguido grupo de personas que hoy tenemos como huéspedes y que han dedicado sus mejores afanes al noble propósito de procurar que se reconozcan y se protejan los derechos inherentes a cada ser humano.
No faltarán los escépticos que piensen que esta no es sino una conferencia más, de la cual es dudoso que resulte un adelanto tangible y efectivo en el campo de los hechos concretos. Hemos de respetar ese criterio, como corresponde hacerlo con todas las opiniones ajenas. Pero no hemos de compartirlo. El camino hacia el reconocimiento y el respeto de los derechos humanos, es largo y su recorrido es lento, pero el progreso en ese camino también ha sido sostenido y se ha acelerado en décadas recientes. Aunque es bien conocido de vosotros, puede ser útil una muy breve mirada retrospectiva, pues ella muestra que aunque lento, ha existido progreso de importancia creciente.
Podemos remontarnos al menos mil doscientos años antes de Cristo, a la época en que fue escrito el primer libro de la Biblia, para hallar las sentencias que sirven como fundamento filosófico o doctrinario de todo el esfuerzo humano tendiente al respeto que debemos a la dignidad del ser humano. En el libro del Génesis se lee: «Díjose entonces Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza…»; y seguidamente se afirma: «Y creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó…». Allí, está implícita la primera declaración sobre derechos humanos porque se establece que, a diferencia de las bestias o de los objetos inanimados, el hombre posee atributos sobrenaturales o divinos que lo hacen acreedor al respeto de sus semejantes, pues en cada ser humano sus congéneres están llamados a mirar el soplo espiritual que trascendiendo su materia corpórea le confiere la semejanza con Dios. No obstante, en esos mismos primeros libros de la Biblia, a la vez que mandamientos relativos al respeto que se debe a la dignidad del hombre, a su familia y su propiedad, se consignan en los relatos históricos, hechos atroces y frecuentes descripciones de poblaciones vencidas que son pasadas a cuchillo en su totalidad. Los principios relativos a los atributos y derechos humanos y las realidades están desde entonces en conflicto.
Siglos después florece la cultura griega y un espíritu humanista que ha trascendido al través de más de 2400 años. Al hombre se le considera provisto de atributos tan elevados que incluso le permiten frecuentes convivencias en camaradería con los dioses. Pero aún en el apogeo de tan grandes y perdurables valores como los que hizo florecer aquella cultura, que tan alta dignidad confirió al ser humano, la esclavitud fue no sólo justificada con sofisticados argumentos sino, además, una práctica natural, de aceptación y uso generalizados.
El cristianismo no sólo expande católicamente, es decir de manera universal; los conceptos de respeto a la dignidad del ser humano fundados en la naturaleza sobrenatural del hombre, cualquiera que sea su cuna, color, condición social o económica, sino que, además enfatiza hasta colocar en primer plano el principio del amor al prójimo, del amor como principio dinámico para promover el progreso y la justicia en las sociedades humanas, por contraste con otras ideas de exclusivismo o de pasividad, de quietismo o de conformismo. Las iniquidades, las guerras, la esclavitud y en general los actos contrarios a la dignidad del ser humano, sin embargo, no desaparecen, con la propagación del cristianismo, pero con ella se atenúan en parte y cobra cada vez más fuerza la conciencia del mal que tales actos entrañan. Así, por ejemplo, en la conquista y colonización de América se producen iniquidades y crueldades innumerables, a la vez que se alzan con mayor y mayor vigor las voces que las condenan y que paulatinamente terminan por hacer desaparecer las más impúdicas formas de esclavitud y de segregación racial.
La incorporación de estos principios en el derecho positivo que norma la vida política de las naciones, se efectúa también paulatinamente, en la Carta Magna inglesa, en la Constitución de los Estados Unidos de América, y después de la Revolución Francesa, en las constituciones políticas de todas las naciones del mundo.
Paralelamente a esta marcha lenta pero siempre ascendente de la humanidad en la vivencia de la dignidad y en el disfrute de los derechos inherentes al ser humano, ha venido evolucionando el Derecho Internacional, influido por las mismas concepciones. Ha ampliado su ámbito de acción para llegar a abarcar algo más que los aspectos políticos y jurídicos directamente necesarios para la convivencia entre los Estados y la solución de sus conflictos dentro del marco limitado de los conceptos de soberanía nacional, para llegar a trascender no sólo estas relaciones y aún las mismas corrientes relativas a la organización internacional, hasta alcanzar el sustrato mismo de todo derecho: el hombre, con su dignidad y prerrogativas. Es así como se ha venido reconociendo, en declaraciones internacionales, que hay principios concernientes a los derechos propios e inalienables de cada persona, que están por encima de los Estados y que por consiguiente traspasan los ámbitos de las soberanías nacionales para convertirse en objeto del reconocimiento universal y de la protección internacional.
Es cierto que, cuando ya se había iniciado, esta corriente mundial del pensar y del sentir, se produjo la segunda guerra mundial que, a más de los males, las depredaciones y las iniquidades propias de la guerra, vino precedida y acompañada de algunas de las discriminaciones raciales y crueldades más repugnantes y cruentas que registra la historia.
Pero apenas pasada aquella guerra, se produce la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas en diciembre de 1948. La primera frase de su Preámbulo menciona la consideración de que «la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana». Y su primer artículo estipula que «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros».
Los escépticos nos podrían decir que estos enunciados tienen el mismo fundamento que aquel primer libro de la Biblia, escrito quizás hace más de 3200 años y que el comportamiento fraternal del hombre con el prójimo que se señala ahí como un deber ya había sido prescrito por Cristo hace casi veinte siglos, sin que por ello hayan desaparecido las iniquidades y la crueldad. Incluso nos podrán mostrar lo que acontece en nuestros días en Biafra, ante la impavidez del resto del mundo, o lo que acontece aquí mismo en América, en las cárceles de Cuba, ante la indiferencia o la impotencia nuestras.
Pero esos escépticos no podrán menos que reconocer que tales actos contra los derechos humanos, que siglos atrás se consideraban corrientes y hasta naturales, son ahora cada vez más difíciles de realizar, pues cada vez es mayor la compulsión para evitarlos que resulta del repudio mundial que generan. Ese repudio y esa compulsión son frutos del despertar de las conciencias logrado al través de los siglos como resultado, en buena parte, de incontables foros como este que aquí nos tiene reunidos, después de procesos ora graduales, ora revolucionarios, dignificados con la vocación y el desvelo de santos, filósofos, estadistas y juristas, y fortalecido con el sacrificio de apóstoles y mártires. Nuestra Organización de Estados Americanos, ya cuenta con sus propios principios relativos a los derechos humanos. Y la Conferencia que hoy se inaugura tiene por objeto dar un paso más: trascender de las declaraciones de su reconocimiento hacia los medios o instrumentos efectivos para la protección en nuestras naciones de los derechos humanos fundamentales.
Sabemos que en cualquier campo la perfección absoluta es inalcanzable en este mundo. Pero nos anima el deseo y la voluntad de que en los años por venir este Nuevo Continente pueda mostrar al resto del mundo la vigencia de instrumentos jurídicos que, trascendiendo las convencionales fronteras, se apliquen en América en resguardo de un principio, que tampoco está sujeto a las circunscripciones nacionales, como es el de que cada ser humano, como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios, es digna no sólo de nuestro respeto sino también de nuestro amor, de nuestra preocupación, de nuestra más elevada consideración. Y que así demuestre también nuestra América que al prodigar este respeto y este amor, somos nosotros mismos — y nuestra familia y la sociedad en que vivimos — los primeros beneficiarios al alcanzar paz y desarrollo.
Vivimos una época turbulenta, llena de paradojas, de cambios súbitos derivados de la rapidez del adelanto tecnológico, que a su vez generan inquietud y ansias de más cambió en las sociedades humanas. Bajo tales circunstancias, difícilmente podríamos hallar otro sostén y punto de partida de aceptación común, para encauzar los cambios por la senda del bien verdadero y permanente, como no sea este principio de reconocer, garantizar y proteger los derechos que posee el hombre en virtud de la índole de su naturaleza, que rebasa lo material, que posee atributos sobrenaturales. Y, entonces, hemos de hallar que la mayor fecundidad de este principio la obtendremos si se emplea sistemáticamente el amor como factor de promoción, de acción y de progreso en las sociedades humanas.
Todo lo dicho no significa que nos hemos dejado arrastrar por la corriente, muy en boga en nuestros tiempos, que propende sólo a hablar de derechos y a reclamarlos con olvido de que cada derecho conlleva un deber. Que si queremos que se reconozcan y respeten nuestros derechos como seres humanos, tenemos el deber de respetar los mismos derechos que posee cada otra persona. Que si deseamos que se nos brinde consideración, afecto y estímulo, debemos brindarlos al prójimo. Que si anhelamos justicia plena, debemos ser hombres justos. Que si reclamamos el derecho que poseemos para que nuestro trabajo esté rodeado de la mayor dignidad y sea retribuido de modo que podamos proporcionar una vida digna a nuestra familia, tenemos también el deber correlativo de procurarnos nuestra propia superación y la de los nuestros mediante esfuerzo propio, por las vías que ofrece la educación y no por los medios de la fuerza, de las armas, de la guerra o de la violencia. Y así sucesivamente. Como personas o como naciones tenemos el deber de respetar para adquirir el derecho a ser respetados, reconociendo que hay principios que están por encima de nuestros orgullos o pasiones, personales o nacionales.
Ofrecimos la sede de Costa Rica para esta Conferencia por considerar que este pequeño país puede ofreceros un marco adecuado para vuestras deliberaciones, a fin de que podáis llevar a cabo las trascendentales y delicadísimas tareas que miles de miles de hombres de América esperan que realicéis con éxito en estos días, logrando un convenio para la protección de sus ya reconocidos derechos como seres humanos; de un convenio que provea los instrumentos jurídicos apropiados para que esa protección sea paulatinamente más y más operante y efectiva. En verdad, nuestra esperanza de ofreceros un ambiente adecuado se funda en el hecho de que el pueblo costarricense no siente animosidad hacia nación alguna del mundo. Por el contrario las respetamos a todas; y, más que amistad, aunque sea calladamente, el pueblo costarricense profesa sincero y hondo afecto, en particular pero muy principalmente, a todos los pueblos americanos, sin una sola excepción.
Los derechos humanos han venido siendo respetados en este país no por gracia de uno u otro gobierno o gobernante sino por el imperio de la voluntad de este pueblo, que no permitiría otra manera de actuar, pues tiene inculcados en lo más hondo de su ser las ideas y los sentimientos relativos al amor al prójimo, que lo prodiga de diversas maneras, como las de estímulo para que el más débil se fortalezca por sus propios esfuerzos e iniciativas. Casi cada niño, cada joven y cada adulto sabe que es él mismo el responsable de forjarse su propio destino y que el camino para el ascenso y para el mayor bienestar suyo y de su familia, es el de la educación. Recientemente hemos festejado la fecha en que se cumplieron cien años de haber sido incorporada a nuestra Constitución Política la norma de que la educación primaria es obligatoria y gratuita, costeada por el Estado. Y pronto se cumplirán cien años también de haber sido abolida la pena de muerte en Costa Rica.
Estudiosos costarricenses de la historia de la sociología han señalado como causas de esos rasgos de la nacionalidad costarricense, por una parte el hecho de que la ausencia de grandes riquezas en este país, nos trajo el bien de gobernadores coloniales que en su trato con los indios se empeñaron no en despojarlos y vencerlos sino en convencerlos, y les profesaron cariño y consideración. El aislamiento y la ausencia de riquezas fáciles de obtener, por otra parte, indujeron en nuestra nacionalidad los conceptos, hoy innatos en los costarricenses, relativos a la necesidad del esfuerzo propio y al valor inigualable de la educación para el progreso genuino y perdurable. Por todo ello, al tener ahora nuestro país el insigne honor que representa vuestra presencia en Costa Rica para dedicaros a las trascendentales y delicadas tareas de esta Conferencia, en procura de los mayores bienes para nuestros pueblos americanos, es desde lo más hondo de mi ser que os deseo el mayor éxito para vuestra misión, que os expreso el anhelo costarricense de que halléis adecuado el clima de este país para llevar a cabo esa importantísima labor que váis a realizar aquí y, finalmente que os expreso nuestros deseos, también, de que podáis percibir el afecto que a vosotros y a vuestros pueblos os profesa el pueblo costarricense, a fin de que os llevéis un recuerdo agradable y duradero de los días que habréis de pasar en esta Costa Rica que con tanto honor y alegría cuenta con vuestra presencia.
Buenas tardes. Muchas gracias.