domingo, julio 12, 2020
 
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Diplomacia en el siglo XXI: boxear por encima de peso

Diplomacia en el siglo XXI: boxear por encima de peso

Cómo se construye la ventaja competitiva de las naciones.

La diplomacia ha evolucionado a lo largo de su historia. En el siglo XIX, era una profesión desarrollada entre y reservada a los diplomáticos, los ministerios y los gobiernos. Se ejercía como una actividad de interlocución entre Estados, quienes decidían sobre las relaciones internacionales, el equilibrio de poder entre las naciones, el estallido de las guerras y las firmas de los armisticios. Se circunscribía a las relaciones reservadas entre los miembros de un selecto club, con acceso exclusivo y el cual no daba cabida al resto de la sociedad.

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La diplomacia del siglo XX amplió su radio de acción. La extensión de derechos políticos y civiles para la población y la ampliación de las clases educadas obligó a los gobiernos a ampliar el foco de su territorio de influencia más allá de otros Estados con los que se habían negociado las cuestiones que afectaban a la paz y a la guerra entre las naciones.

Los gobiernos comenzaron a dirigirse a las poblaciones de los países sobre los que se pretendía influir mediante la creación de vías indirectas de movilización o desmovilización, para ganar su confianza o desincentivar su voluntad de resistencia e incrementar su influencia.

Surgió el concepto de “diplomacia pública”, donde las tareas de representación de los intereses de la política exterior de las naciones eran abiertas y compartían objetivos y transmitían emociones para ganar corazones y mentes de las poblaciones de otros países.

En la diplomacia del siglo XXI confluyen las prácticas anteriores a las que se suma una nueva dimensión: la disminución de las barreras de acceso a la información para los ciudadanos, que ha multiplicado exponencialmente la capacidad y la velocidad a la que se comparte.

Vivimos una democratización de la adquisición y emisión de información y un empoderamiento de la ciudadanía que no deja impasible a la práctica de la tarea diplomática.

Las empresas, las organizaciones no gubernamentales, las instituciones públicas y los ciudadanos adoptan un papel activo y participan, impulsan y reclaman acciones y explicaciones a los gobiernos.

El siglo XXI alumbra la extinción de la diplomacia como un monopolio en manos de los gobiernos para incluir a colectivos privados y públicos, que interaccionan con instituciones, empresas y ciudadanos de otros países con total libertad. Hoy, los Estados precisan establecer un diálogo con los ciudadanos de sus países, también, para lograr una alineación de estos con sus objetivos de política exterior.

Esta nueva concepción de la actividad diplomática pone de manifiesto la transición de la diplomacia de club a la denominada diplomacia en red, entendida como una actividad participativa y que engloba a diversos actores y grupos de interés, sin que hayan desaparecido los otros territorios en los que la diplomacia sigue ejerciéndose.

El reto al que se enfrenta la diplomacia actual es la crisis de confianza que pesa sobre las instituciones, las cuales son vistas como irresponsables, con unos principios éticos cuestionables y poco cercanas al ciudadano. Paralelamente, existe el desafío de la credibilidad de los actores diplomáticos.

La solución a estos desafíos pasa por apostar por la transparencia y establecer mecanismos de control en el ejercicio de las funciones diplomáticas que hagan posible la participación ciudadana y su colaboración en el establecimiento de la agenda diplomática.

En este nuevo contexto, Joshep Nye, presenta diferentes maneras de ejercer el poder. Nye piensa que se debe distinguir entre el hard power, aquel que ejercen los gobiernos empleando su capacidad económica y militar, y el soft power, definido por “la capacidad de organizar la agenda política de forma que configure las preferencias de otros”. En palabras de Nye, el poder es “la capacidad de obtener los resultados que uno quiere, y en caso necesario, de cambiar el comportamiento de otros para que esto suceda”.

En la actualidad crece la consideración al ejercicio de ese poder blando para multiplicar la influencia de las naciones en el mundo y las capacidades económicas y militares dejan de ser los únicos elementos de poder de los países.

El uso de los valores culturales e ideológicos son herramientas que pueden resultar de utilidad para convencer y generar relaciones duraderas y estables con gobiernos extranjeros y sus poblaciones y con los ciudadanos propios y llegar a ejercer ese poder blando, fuera y dentro de las fronteras de una nación, alcanzando su fin último, es decir, lograr influencia.

Ser una potencia económica o contar con una fuerte capacidad militar suponía, tradicionalmente, contar con atributos que garantizaban la supervivencia de las naciones y su posición fuerte el escenario internacional.

El paso de un mundo bipolar a uno que da cabida al creciente protagonismo de los países emergentes ha alterado los tradicionales ejes de influencia. En un escenario globalizado, se generan redes de interdependencia entre los países que afectan a la concepción tradicional de la política exterior. Surgen necesariamente nuevas palancas para ejercer la influencia en el ámbito de la política internacional que son distintas a las económicas y militares, y que incluyen elementos de ese llamado poder blando y de los activos intangibles de las naciones.

La diplomacia de hoy ha multiplicado el número de jugadores y ha reconfigurado sus actividades. Éstas no solo han pasado de ser secretas y restringidas a convertirse en abiertas y públicas, sino que, además, los países pueden boxear por encima de su peso sin la necesidad de ser grandes potencias militares o económicas. Canadá o Suiza son claros ejemplos de este fenómeno.

Lejos están los tiempos en los que discreción y silencio eran los atributos distintivos de la diplomacia, en los que los profesionales de este ámbito dedicaban su tiempo, exclusivamente, a negociar tratados bilaterales y redactar informes secretos.

La diplomacia ha pasado de ser un engranaje más de los mecanismos tradicionales del ejercicio del poder duro, de funciones exclusivas de los gobiernos y de ese selecto club restringido a la sociedad, a ser una actividad abierta, inclusiva y de todos.

Además, es necesaria la escucha de las demandas de la ciudadanía y ejercer una actitud de respuesta, ya que los ciudadanos se han convertido en actores diplomáticos que, en cierto modo, les convierte de facto en embajadores de sus propios países.

LSE Ideas ha publicado recientemente un documento en el que se analizan las nuevas tendencias del cambio del entorno geopolítico y ofrece una serie de recomendaciones para el Gobierno británico, que podrían extrapolables a otros países. Se señala la globalización económica desnacionalizada y la difusión del poder como dos tendencias en proceso de intensificación, que representan el inicio de la transformación de un mundo industrial en uno de la información. Dos procesos con una serie de implicaciones específicas para el ejercicio de la diplomacia que están conduciendo a procesos de cambio en las estrategias de los Estados.

La difusión de información y la reducción de los costes de la tecnología han permitido que sea más fácil para los individuos y los grupos privados exigir y controlar a los Estados, han empoderado a los actores privados, los mercados y los individuos particulares y han hecho más difícil que los gobiernos controlen sus narrativas políticas o que puedan actuar con impunidad.

Al mismo tiempo está produciéndose la desnacionalización de la economía global. Existe una interdependencia económica compleja que hace más difícil a los Estados utilizar herramientas de poder económico.

Los países tendrán que invertir en herramientas de diplomacia con el fin de identificar los desafíos, generar ideas y comprometer a un espectro del Estado y actores de la sociedad privada y civil para trabajar en conjunto a la hora de abordar estas cuestiones.

Los Estados son menos capaces de reaccionar con políticas coercitivas cuando las crisis aparecen y están más obligados a trabajar con estrategias a largo plazo que les otorguen legitimidad y autoridad allí donde los desafíos pueden surgir.

En un mundo globalizado, interdependiente y en el que los países son parte de redes internacionales innumerables, el cultivo de relaciones, el análisis de los riesgos, el trabajo de la resistencia a los mismos y el cuidado de la reputación son las claves para redefinir el interés nacional y para proteger el papel de los Estados y sus intereses en el mundo.

La era de las grandes potencias puede estar llegando a su fin.

En lugar de tratar de hacer estrategias individuales de suma cero como fórmula para el ejercicio del poder, resultaría más relevante pensar en términos de contribución ante los desafíos comunes que todos enfrentamos como el terrorismo, el cambio climático, los ciberataques, la migración de personas o las pandemias.

Reputación, credibilidad e influencia son los ejes de la actividad diplomática y las nuevas palancas de creación de ventaja competitiva para las naciones. Hoy éstas compiten por el respeto de sus ciudadanos y por el de los de otros países.

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[via Esglobal]

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