viernes, diciembre 4, 2020

La Argentina hace escuchar su voz en el mundo

La Argentina hace escuchar su voz en el mundo

La demanda del G-77 por más protagonismo y una mayor representación en el BM y el FMI generó preocupación en Washington, Londres y París, al igual que el reclamo de Argentina de poner fin a las “asfixiantes sanciones punitivas impuestas sobre los países en desarrollo” como contraprestación por la ayuda financiera.

 

Por David Smith*

Mi jefe, el Secretario General de las Naciones Unidas, no suele dedicar la mayor parte de la mañana a una sola reunión en la sede de la ONU de Nueva York. Con 192 Estados miembros a tener en cuenta y crisis que se extienden desde Libia hasta Costa de Marfil, pasando por Corea del Norte, coordinar las prioridades de su agenda es casi un juego de malabares.

Por lo tanto, la decisión de Ban Ki-moon de hacerse tiempo al inicio de marzo para una reunión con el Grupo de los 77 (G-77) –ahora liderado por Argentina– dice mucho acerca de su búsqueda de un nuevo multilateralismo, y el rol de Argentina en forjar una agenda que busque unir más que separar.

El canciller Héctor Timerman, acompañado por el presidente del G-77, el embajador de Argentina ante las Naciones Unidas Jorge Argüello, encabezan una singular delegación que comprende a embajadores de los 131 países miembros del Grupo. Para ponerlo en perspectiva, pensemos en China y Vanuatu, o India y las Maldivas, México y Vietnam, todos a la vez en una misma mesa.

O, desde otro punto de vista, pensemos en más de los dos tercios de los países del mundo reunidos con Argentina tomando el micrófono. Tal y como lo expresara el canciller Timerman: “Es importante que el Grupo haga conocer su posición y sea escuchada su voz, en pos de lograr medidas oportunas y eficaces para la equidad global”.

El Secretario General de la ONU había comenzado su semana en una reunión de emergencia con el presidente Barack Obama en la Casa Blanca, centrada en la crisis de Libia. Y la concluyó con una larga conversación con el G-77 (42 embajadores se pronunciaron en el encuentro) que se extendió más allá de las crisis actuales, hacia temas que están en el corazón de la agenda de este nuevo siglo.

Como siempre, Ban Ki-moon insiste en que nuestro cambiante mundo exige nuevas formas de pensar. “Nuevas tendencias están dando forma a nuestros esfuerzos compartidos para combatir la pobreza y asegurar la prosperidad para todos”, suele señalar. “Estamos presenciando un cambio gradual en el ejercicio del poder económico de economías maduras hacia economías emergentes.”

Tomando nota de que la recuperación de la recesión mundial en los países del mundo desarrollado ha sido más lenta de lo anticipado, Ban concluye: “Desde San Pablo a Shangai, muchos países en desarrollo se están convirtiendo en motores para el crecimiento global”.

A nadie se le escapa en Nueva York que América latina representa un ejemplo extraordinario de este nuevo paradigma, en el período que se extiende desde la crisis financiera de 2008 y la debacle económica que siguió. Luego de sufrir el impacto inicial, la mayoría de las economías de la región han sorteado la crisis sorpresivamente bien. Los índices de crecimiento de Brasil, Argentina, Colombia testimonian el repunte de la región.

De igual manera, mis colegas en la sede de la ONU reconocen que Argentina ha elaborado una agenda para el G-77 que contrasta respecto de aquella que presentara el Grupo en los años desde su fundación en 1964, en pleno auge de la Guerra Fría.

Hablando de manera franca, desde mis décadas como periodista antes de unirme a la ONU, era a menudo fácil identificar aquello a lo que el G-77 se oponía, más que lo que proponía. Pero desde que Argentina asumió el cargo en enero de este año, ha ofrecido propuestas positivas en una serie de temas globales que constituyen un desafío.

Primero, el concepto de una nueva arquitectura para las instituciones financieras que han jugado un rol clave desde su creación a fines de la Segunda Guerra Mundial: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

La demanda del G-77 por más protagonismo, y una mayor representación en el BM y el FMI para el mundo en desarrollo, generaron preocupación en Washington, Londres y París, al igual que el reclamo de Argentina de poner fin a lo que el embajador Argüello denomina “asfixiantes sanciones punitivas impuestas sobre los países en desarrollo” como contraprestación por la ayuda financiera.

Pero pocos en la ONU cuestionan la necesidad de una mirada fresca para nuestras instituciones globales, con el foco puesto en el siglo por delante, no en el siglo que ha quedado atrás. Ban Ki-moon nos lo ha dicho repetidas veces: “El cambio no es una opción para la ONU; es un imperativo”.

Y luego está la cuestión del cambio climático, un tema donde Argentina ha sido protagonista desde el primer día de su gestión a la cabeza del G-77. El Secretario General, en la reunión de marzo, dio la bienvenida al ofrecimiento del embajador Argüello de actuar como operador entre los países desarrollados y los países en desarrollo, entre pobre y ricos, entre quienes tienen y quienes no; en la medida en que procuramos una respuesta global a la crisis que ocurre en nuestro planeta.

Todos nosotros en la ONU reconocemos la necesidad de inyectar nueva energía en el proceso de negociación. La cumbre de Copenhague sobre cambio climático en 2009 no arrojó los resultados que habíamos esperado. La reunión de Cancún del año 2010 finalmente produjo un acuerdo sobre recorte de emisiones de gases contaminantes.

Pero tenemos por delante un largo camino. El tiempo apremia sobre nuestro medio ambiente. Pregúntenle al plantador de arroz en Myanmar, o al habitante de una favela en Brasil, o a los productores de vinos en Burdeos, o más cerca, en Mendoza.

Jorge Argüello afirma que este es un tema que une a todos los miembros del G-77. “¿Cómo pueden China y las Maldivas, India y Vanuatu, México y Vietnam, desear no estar del mismo lado en aquellos temas que afectan a todos ellos, a todos nosotros?”, me dijo. Esperamos que él esté en lo correcto.

Y ciertamente debemos escuchar atentamente cuando él y otros líderes del G-77 planteen la madre de todos los temas de nuestro mundo. ¿Cómo estar mejor preparados para el día en que nuestro planeta albergue una humanidad de nueve mil millones de habitantes? Sí, para el año 2050 debemos esperar una población global de nueve mil millones.

Mi jefe ha expresado abiertamente su creencia de que demos dar prioridad a la reducción de la pobreza, el hambre y las enfermedades. Ahora. No mañana, o en la proximal década.

Recuerdo bien como, en mi puesto anterior en la ONU en Washington DC, el Secretario General asistió a una cumbre de emergencia después del crash de 2008 con un mensaje fuerte, pero poco popular: “No se olviden de los miles de millones de personas que viven la extrema pobreza, y de los cientos de millones más que se unirán e ellos a menos que abordemos la pobreza, el hambre y las enfermedades, aun en medio de esta recesión”.

Jorge Argüello me dijo hace unos días desde Nueva York: “No podemos permitir que la crisis económica global nos distraiga del desafío de nuestro tiempo, una nueva arquitectura internacional y políticas progresivas que nos permitan compartir la riqueza, salud, educación, tecnología, y por sobre todo, los alimentos y el agua”.

Ahora existe una agenda que une a nuestro mundo. Una agenda que representa una oportunidad en momento de crisis. Una agenda en el nombre de la humanidad.

*Director del Centro de Información de la ONU para Argentina y Uruguay

 

 

 

 

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