jueves, julio 9, 2020
 

Nota circular dirigida por el Secretario de Estado de los Estados Unidos de América, James G. Blaine, a los representantes diplomáticos de los Estados Unidos en las capitales de la América Latina. Washington, 29 de noviembre de 1881 (Congreso de Washington, 1882)

Departamento de Estado Washington, a 29 de noviembre de 1881

Excelencia: La actitud de los Estados Unidos con respecto a la cuestión de la paz general del continente americano es bien conocida por sus persistentes esfuerzos en años anteriores para evitar las calamidades de la guerra, o, cuando han fracasado esos esfuerzos, por sus consejos pacíficos o su recomendación del arbitraje imparcial para resolver los conflictos existentes.

Esa actitud ha sido invariable; la hemos sostenido siempre con tal lealtad que no deja el menor pretexto para imputar a nuestro gobierno ningún motivo que no sea el humano y desinteresado de salvar a las naciones herí ‘riñas del continente americano de las cargas de la guerra. La posición de los Estados Unidos como la principal potencia del Nuevo Mundo bien puede acordarle a su gobierno el derecho de hablar con voz autorizada pan aplacar discordias entre sus vednos, con todos los cuales cultiva las más amistosas relaciones. Sin embargo, los buenos oficios de este gobierno no se ofrecen ni se han ofrecido jamás en tono de dictado ni imposición, sino únicamente como reveladores de la solícita buena volun­tad de un amigo común.

Por espacio de varios años, algunos gobiernos de las Américas Central y del Sur, han venido manifestando creciente inclinación a dirimir por el arbitraje, antes que por la espada, ciertas disputas sobre graves cuestiones de índole internacional y de límites. En diversas ocasiones ha sido causa de profunda satisfacción para el gobierno de los Estados Unidos el ver que todas las naciones americanas consideran en gran parte a esta República como amigo y mediado». Nunca ha faltado en esos casos el consejo justo e impardal del Presidente de los Estados Unidos, y sus esfuerzos se han visto recompensados con la prevención de luchas sangrientas entre pueblos que consideramos como hermanos.

El hecho de existir esa tendencia, cada día mayor, ha con venado al Presidente de los Estados Unidos de que el momento es oportuno para una proposición que cuenta con la buena voluntad y cooperación activa de todos los estados del hemisferio occidental, (tanto los del norte como los del sur,] en interés de la humanidad y para el bien común de las naciones. El se da cuenta de que ninguno de los gobiernos de América puede estar menos atento que el suyo a los peligros y horrores de una guerra, y especialmente de una guerra entre hermanos. Está seguro de que ninguno de los jefes de estado del continente puede ser menos atento que él al deber sagrado de realizar todos los esfuerzos posibles para evitar las probabilidades de lucha fratricida; y aguarda, lleno de segura esperanza, la ayuda efectiva que ellos le pres­tarán, demostrando la amplitud de nuestro común sentimiento de humanidad y la fuerza de los vínculos que nos unen en un grande y armonioso sistema de repúblicas americanas.

Animado por estos propósitos, el Presidente de los Estados Unidos dirige a las naciones independientes de la América del Norte y del Sur, una atenta invitación para que tomen parte en un congreso general que se reunirá en la dudad de Washington el 24 de noviembre de 1882, con el objeto de considerar y discutir los métodos de prevenir la guerra entre las naciones de América. El desea que la atención del Congreso se limite estrictamente a ese gran designio: que su única mira sea la de buscar la manera de evitar permanentemente la cruel y sangrienta lucha entre pueblos, a menudo de una misma sangre y lengua, o la calamidad todavía peor de conmociones internas o contiendas aviles; que dicha asamblea con­sidere las consecuencias onerosas y de gran alcance de semejantes luchas, el legado de exhaustas finanzas, opresivas deudas, creadas contribuciones, ciudades en ruinas, indus­trias paralizadas, campos devastados, despiadada conscripción, matanzas de hombres, dolor de viudas y huérfanos, y envenenados resentimientos que por largo tiempo sobreviven a aquellos que los provocaron y diariamente afligen a las inocentes generaciones por venir.

El presidente desea especialmente que se tome en cuenta que, al dirigir esta invitación, los Estados Unidos no asumen la actitud de aconsejar o tratar de aconsejar, por órgano del congreso, ninguna solución concreta de cuestiones existentes que en la actualidad dividan a algunas de las naciones americanas. Semejantes cuestiones no pueden en propiedad some­ter je al congreso. La misión de éste es más elevada, y confíate en prever los intereses de todos para lo futuro, y no en dirimir las diferencias concretas del presente. Por esta razón, el presidente ha señalado especialmente para la reunión del congreso un día bastante lejano como para poder abrigar La esperanza de que en la época indicada la actual situación de la costa del sur del Pacífico haya concluido felizmente, y los pueblo que se hallan empeñado en la lucha puedan tomar participación sosegada en la discusión y solución de la cuestión general, que en igual grado afecta el bienestar de todos.

También parece oportuno negar de antemano todo propósito, por parte de los Estados Unidos, de prejuzgar las cuestiones que se someterán al congreso. Está muy lejos del ánimo de este gobierno presentarse en modo alguno ante el congreso como protector de sus vecinos

o como árbitro predestinado y necesario de sus disputas. Los Estados Unidos tomarán parte en las deliberaciones del congreso sobre un mismo pie que las demás naciones en él repre­sentadas y con la leal determinación de considerar cualquier solución propuesta, no sólo por lo que importa a su propio interés ni con la mira de que se sienta su poderlo, sino como una entre muchas naciones coordinadas e iguales entre sí. Este gobierno ejercerá su influencia, hasta donde alcance, en el sentido de conciliar cualesquiera intereses contrapuestos de sangre, gobierno o tradición histórica, que respondan necesariamente unidos a un llamamiento que abarca tan vastos y distintos elementos.

Sírvase usted transmitir estas miras al Ministro de Relaciones Exteriores de … , ampliándolas si necesario fuera en los términos que crea oportunos acerca de la gran misión que ¿s dable realizar dentro del radio de acción del proyectado congreso, en interés de la humani­dad y con el firme propósito que tienen los Estados Unidos de sostener una posición de abso­luta e imparcial amistad para con todos. En tal virtud, en nombre del Presidente de los Estados Unidos, se servirá usted dirigir una invitación a su Excelencia el Presidente de . . . para que envíe al congreso dos delegados provistos de los poderes e instrucciones que los habiliten para considerar, en representación de su gobierno, las cuestiones que se le sometan al cuerpo dentro de los limites del programa indicado en esta invitación. Del mismo modo que las demás naciones, los Estados Unidos estarán igualmente representados por dos delegados, a fin de que en las deliberaciones del congreso queden ampliamente garantidas la igualdad y la imparcialidad.

Al dirigir esta invitación por medio del Ministro de Relaciones Exteriores, usted se servirá leer esta comunicación y dejarle copia de ella, haciéndole presente que este gobierno desea obtener una contestación tan pronto como lo permita el debido estudio de tan importante proposición.

Soy, Excelencia, etc.

James G. Buunb

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