sábado, octubre 31, 2020
 
Project Syndicate

Definir la diplomacia hacia abajo

Definir la diplomacia hacia abajo

NUEVA YORK – Hace unos 25 años, Daniel Patrick Moynihan, un profesor de Harvard que en el curso de su carrera se desempeñó como embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas y como senador norteamericano por Nueva York, acuñó la frase “Definir la desviación hacia abajo”. La intención de la frase era describir una tendencia social en la que los patrones de comportamiento decaían con el tiempo al punto de que lo que alguna vez era intolerable se volvía ampliamente aceptable.

La frase de Moynihan me viene a la cabeza cuando considero el estado de la diplomacia destinada a provocar la desnuclearización de Corea del Norte. Cada vez más, las partes involucradas, incluidos Estados Unidos y Corea del Sur, parecen relajar sus requerimientos de lo que se espera de Corea del Norte. Llamémoslo “Definir la diplomacia hacia abajo”.

Todo esto ha cobrado cierto carácter de urgencia, porque ya han pasado más de cuatro meses desde la cumbre de Singapur y se dice que el presidente Donald Trump y Kim Jong-un de Corea del Norte se volverán a reunir pronto.

Como siempre sucede con la diplomacia, surge el interrogante de cómo definir el éxito. La paz es una respuesta posible. Y, sin duda, bien vale la pena preservar la paz en la Península de Corea, dados los enormes costos humanos y económicos que conllevaría cualquier guerra.

Pero si evitar la guerra prevalece por sobre todo lo demás, existe el peligro de que otros intereses importantes puedan verse comprometidos. También existe el peligro de acuerdos que aflojarían las tensiones en el corto plazo pero amenazan la paz en el largo plazo, al exigir concesiones y restricciones reales a cambio de promesas y posibilidades.

Ya existe evidencia de que ni Corea del Sur ni Estados Unidos están ansiosos por exigirle a Corea del Norte un recuento total de todos sus materiales y armas nucleares, sin lo cual no se puede llevar a cabo y verificar una desnuclearización real. El temor parece ser que Corea del Norte se resista a este pedido, causando una crisis.

En cambio, Corea del Sur ha sugerido que, por el momento, debería bastar con que Corea del Norte simplemente destruya alguna que otra instalación nuclear. Estados Unidos, por su parte, está recomendando paciencia y asesorando a los escépticos de no exigir demasiado de Corea del Norte demasiado pronto. En ambos casos, lo que estamos viendo es una reticencia a someter a Corea del Norte a una prueba que podría no pasar.

Al mismo tiempo, la campaña de “máxima presión” efectivamente ha terminado, con llamadas para relajar las sanciones y una negativa a implementar plenamente las que están en vigor. Estados Unidos y Corea del Sur también han cancelado los ejercicios militares y han relajado su postura de fuerza, respectivamente, aliviando la presión sobre el régimen de Kim. A esto se refiere, precisamente, el definir la diplomacia hacia abajo.

Sin embargo, esta reticencia a presionar a Corea del Norte apunta al peligro de que al régimen de Kim se le permita no sólo mantener sino incrementar su arsenal nuclear. Por cierto, Corea del Norte podría cerrar o destruir instalaciones y nunca desnuclearizarse si al mismo tiempo continúa construyendo capacidad.

Corea del Norte tal vez, entendiblemente, se resista a una negociación en la cual se le pida hacer todo antes de recibir algo. Exigirá una compensación, muy probablemente en torno a relajar las sanciones económicas, si fuera a eliminar alguna capacidad nuclear. China y Rusia sin duda respaldarían un pedido así. Pero recompensar generosamente a Corea del Norte por medidas parciales reduce su incentivo para tomar medidas adicionales, mucho menos para completar el proceso de desnuclearización.

Es también seguro que el régimen de Kim quiera evitar verse obligado a elegir entre abandonar sus programas nucleares y de misiles, que considera esenciales para su seguridad, y mejorar su economía, que es esencial para la estabilidad social y política. Quiere el oro y el moro: una seguridad permanente y una mayor prosperidad.

Corea del Norte ha venido insistiendo con una declaración del fin de la guerra, una manifestación aspiracional que indicaría un deseo común de reemplazar el armisticio que ha existido desde que la Guerra de Corea terminó hace 65 años con un tratado de paz formal. Nuevamente, surge el interrogante sobre qué exigiría Corea del Norte a cambio. Su suspensión de las pruebas nucleares y con misiles ya ha generado el fin de los grandes ejercicios militares de Estados Unidos y Corea del Sur. En algún punto, es probable que Corea del Norte exija una reducción en los niveles de tropas de Estados Unidos en Corea del Sur.

Este riesgo está relacionado con el foco en la desnuclearización. Alcanzarla es una prioridad entendible para Estados Unidos, pero Corea del Sur también tiene que preocuparse, si no más, por las fuerzas militares no nucleares o convencionales de Corea del Norte que amenazan a Seúl, donde viven aproximadamente el 20% de los surcoreanos. El peligro es que las diferentes prioridades abran una brecha entre los dos aliados, beneficiando a Corea del Norte.

A pesar de los tuits y las declaraciones de Trump, la desnuclearización no es ni un hecho ni una certeza. Por el contrario, sigue siendo un objetivo distante y poco probable. El desafío para Estados Unidos y Corea del Sur es acercar el objetivo sin distanciarse.

La mejor manera de lograrlo es a través de una estrecha consulta, un compromiso de evitar sorprenderse mutuamente o entrar en acuerdos separados y el establecimiento de un acuerdo integral sobre lo que debe alcanzar la diplomacia y qué exigiría a cambio. Los ejercicios militares y las sanciones existentes deberían mantenerse, hasta que existan cambios significativos que reduzcan la amenaza norcoreana. Pensemos en ello como definir la diplomacia hacia arriba.

Richard N. Haass, President of the Council on Foreign Relations, previously served as Director of Policy Planning for the US State Department (2001-2003), and was President George W. Bush’s special envoy to Northern Ireland and Coordinator for the Future of Afghanistan. He is the author of A World in Disarray: American Foreign Policy and the Crisis of the Old Order.

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