jueves, julio 9, 2020
 

Negociar sobre Malvinas, como descender el Everest

Negociar sobre Malvinas, como descender el Everest

Por Jorge Argüello

Un día de la primavera de 1953, un corresponsal de The Times envió a Londres un impactante despacho desde Nepal. Se cuidó de hacerlo por radio, para evitar a la competencia: un escalador del Commonwealth, el neocelandés Edmund Hillary, se había convertido en el primer hombre en alcanzar la cima del Monte Everest.

El Times publicó la primicia en su edición matutina del 2 de junio. Ese mismo día, era coronada Isabel II. La reina convirtió pronto al montañista en Sir Edmund Hillary y el Correo británico le dedicó estampillas. El periodista, James Morris, reescribió tiempo después su experiencia desde las fronteras del viejo Imperio, y la coincidencia histórica: “People of a certain age remember vividly to this day the moment when, as the waited on a drizzly June morning for the Coronation procession to pass by in London, they heard the magical news that the summit of the world was, so to speak, theirs”.  

Eran épocas de final de imperio y de nuevas potencias. Lejos había quedado la Gran Bretaña del siglo XIX, cuando en plena escalada colonial, en 1806 y 1807, intentó hacerse de todo el Río de la Plata y terminó usurpando las Malvinas y desalojando en 1833 a los pobladores argentinos que las habían heredado de España en su lucha por la independencia.

En los primeros días del reinado de Isabel II aún dolían las heridas de la II Guerra Mundial, en la que bravos británicos, hombro a hombro con gentes de toda Europa, América y el mundo, habían luchado contra los nazis no sólo por la libertad, sino por la propia independencia amenazada con bandadas de bombas que cruzaban el Canal de la Mancha. Experiencias imborrables, aprendizajes brutales y definitivos.

La naturaleza del colonialismo, sin embargo, parece la del escorpión. Y ahí fueron los británicos a la isla Diego García, un atolón de 50 kilómetros cuadrados en medio del Atlántico. Heredada de portugueses y de franceses esclavistas, se aplicó la vieja estrategia de Londres: se le implantaron británicos, tan súbditos de Isabel II como el mismísimo sir Hillary. Todo bien… hasta que el colonialismo llamó a la puerta.

Estados Unidos necesitaba instalar una base militar en el Océano Indico, entonces Londres le rentó la isla Diego García en 1966 y los deseos de esos nobles isleños, tan sostenidos hasta allí como ahora los de la población de ingleses implantada en Malvinas durante dos siglos, pasó a segundo plano y fueron progresivamente desalojados, aún en el caso de los nativos.

Ante posteriores reclamos judiciales de estos isleños, la Cámara de los Lores resolvió la cuestión a favor de Londres. Los habitantes de Diego García no tenían ni territorio propio ni derechos sobre él. Si gusta, el lector puede relacionarlo con Malvinas. Y revisar, de paso, la devolución de Hong Kong a China, un ejemplo de lo que la “autodeterminación” puede significar para Londres. Sobre todo si en frente hay semejante poder negociador.

A estas alturas, es evidente que Argentina respetará los intereses de los isleños, como corresponde. Lo ha escrito hasta en su Constitución de 1994. El desmesurado despliegue militar británico en el Atlántico Sur, en cambio, sólo exhibe la necesidad de proteger crudos intereses económicos, apropiándose de los recursos naturales de la región sin el consentimiento de la región y contra los reclamos de negociación que nacen en Buenos Aires, pasan por América y llegan ya desde todo el mundo político y diplomático.

Argüir que necesitan semejante inversión militar para la defensa cuando Argentina ha juzgado y condenado a los dictadores militares que dirigieron el conflicto armado de 1982 y acaba de desclasificar un informe de las propias Fuerzas Armadas que los descalifica es absurdo y sólo agrava la pésima posición diplomática en la que está quedando Londres ante las ONU y de cuanto foro diplomático participe en el mundo.

La historia del montañismo reserva hasta hoy una duda sobre si la de Sir Hillary fue realmente la primera conquista del Everest. Otros dos británicos, George Mallory y Andrew Irving, partieron el 8 de junio de 1924 desde el campamento más alto, al asalto de la cumbre. Sus compañeros de equipo nunca más volvieron a verlos. En montañismo, saber descender es tan respetado como saber ascender. En política, también.

Los restos de Mallory fueron hallados a mitad de camino recién en 1999, pero nadie puede determinar si, como muchos otros, había muerto en el descenso. Isabel II seguía siendo reina, pero eran otros tiempos y el Everest ya no merecía -ni merece- ese tipo de primicias (más de 3.500 escaladores de todas las nacionalidades lo han escalado ya).

En estas circunstancias del Siglo XXI, a Londres debe sentarse a negociar la soberanía de las Malvinas, con respeto por los intereses y el modo de vida de sus actuales isleños. Sería como un descenso seguro, digno y respetado del Everest. En estos tiempos, los británicos de bien, en todo el mundo, merecen sentirse orgullosos de reivindicar para sí nuevas hazañas, sin necesidad de afectar por la fuerza derechos ajenos.

Este artículo fue publicado en el diario Buenos Aires Herald y Ambito.com

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