sábado, noviembre 25, 2017
 
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La primera ministra Theresa May, en la localidad de Glasbury, Gales, el pasado 17 de agosto de 2017. Adrian Dennis APF Photo
La primera ministra Theresa May, en la localidad de Glasbury, Gales, el pasado 17 de agosto de 2017. Adrian Dennis APF Photo

El naufragio del Brexit

El naufragio del Brexit

La tercera ronda de negociación entre Bruselas y Londres no aclara el horizonte cuando solo faltan 18 meses para que se cumpla el plazo

El Brexit solo tuvo un día de gloria, el del referéndum. Su mayor apóstol, el líder del UKIP, Nigel Farage, ahora desaparecido, pero entonces triunfante, e incluso candidato sugerido por Trump para embajador británico en Washington, quiso declarar aquel 23 de junio como el Día de la Independencia al estilo del 4 de julio americano. Nadie le ha hecho caso. Al contrario, muchos británicos lo recordarán como uno de los mayores errores cometidos en su historia contemporánea, un día para el olvido e incluso la infamia. Desde entonces, el Brexit es un barco a la deriva que sus pasajeros abandonan.

Se trata de una máquina destructiva que ha dividido y sembrado la discordia entre los ciudadanos, erosionado a los grandes partidos y perjudicado hasta la aniquilación las carreras políticas de quienes lo impulsan. De momento se ha cobrado un primer ministro, David Cameron, y lleva camino de cobrarse un segundo, Theresa May, además de abrasar las ambiciones de buen número de candidatos a ocupar el número 10 de Downing Street, como es el caso de Boris John­son, actual ministro de Exteriores, o Michael Gove, secretario de Estado de Medio Ambiente.

A los dirigentes británicos les ha costado entender que ya no tienen las poderosas palancas de un socio de la UE desde el mismo día en que tomaron la decisión de salirse del club. Todavía ahora les cuesta adaptarse a las condiciones de negociación de un país tercero porque están acostumbrados a modelar las reglas e influir en los comportamientos desde dentro, como si fueran todavía uno de los tres socios de mayor peso y autoridad.

Nada expresa mejor esta debilidad como la queja británica respecto a los propósitos de castigo que atribuyen a sus exconsocios de la UE. Son los brexiters los que han impuesto de entrada un juego de suma cero —yo gano lo que tú pierdes— en sustitución de la solidaridad sinérgica entre europeos —yo gano porque ganamos todos—, por lo que ahora no deberían extrañarse de los escasos o nulos beneficios que pueden obtener del triste momento en que toca pagar las facturas.

El hecho es que, desde que el pueblo soberano decidió independizarse de la UE, el Brexit no ha hecho más que retroceder. Al principio, la primera ministra pretendía eludir las consecuencias que tiene la solicitud formal de salida —la activación del artículo 50 del Tratado— en la determinación de un plazo perentorio para la obtención de un acuerdo, mediante una negociación a toda prisa que diera garantías sobre el estatus de Reino Unido en la UE, pero tropezó con la posición cerrada de la UE, que exigía primero pedir la salida y luego empezar la negociación. No habría la más mínima concesión a quien quiere irse y a la vez conservar las ventajas del club. O comerse el pastel y seguir teniendo el pastel, como osó ejemplificar el lenguaraz Boris Johnson. Si Reino Unido quería negociar, tenía que pedirlo primero para que empezara a correr el plazo de la negociación, cosa que Theresa May hizo el 29 de marzo.

Una confusión similar se ha producido ya con la negociación. Londres intentó mezclar la negociación del divorcio con la del acuerdo definitivo, pero de nuevo se ha encontrado con la durísima oposición de Bruselas, que exige resolver tres puntos cruciales, al menos en una fase avanzada, antes de empezar a discutir sobre el estatus final que tendrá Reino Unido respecto a la UE. En primer lugar, la aportación financiera correspondiente a los compromisos adquiridos por la UE con Reino Unido dentro, que significan en un cálculo inicial unos 100.000 millones de euros. En segundo lugar, preservar la frontera abierta y sin controles entre el Ulster y la República de Irlanda, a pesar de que se tratará de un límite exterior de la UE. Y finalmente, mantener los derechos de los trabajadores europeos en Reino Unido y británicos en la UE.

En ninguno de estos capítulos se ha conseguido avanzar hasta la tercera ronda de negociaciones que se celebró esta semana, a pesar de que Londres se presentó por primera vez con un manojo de siete documentos que contienen aparentemente la posición negociadora británica. Bruselas ha pedido mayor concreción, a pesar de que ya se han producido algunos avances —nuevas concesiones británicas— como es admitir por primera vez la necesidad de una sustanciosa aportación financiera; explorar un acuerdo provisional que conserve la unión aduanera hasta 2022 y haga de puente entre el actual mercado único y el acuerdo de libre comercio definitivo, y preservar algún tipo de control jurídico del Tribunal de Justicia Europeo en los arbitrajes durante este periodo transitorio.

Las ideas iniciales más descabelladas ya se han disuelto. El Brexit ya no es el Brexit, como pretendía la señora May. El Brexit duro ha muerto y estamos ya en el Brexit blando. Tampoco interesa llegar al plazo límite sin acuerdo. No es en absoluto mejor un no acuerdo que cualquier acuerdo. Hace falta un periodo transitorio, por tanto, que permita prácticamente mantener el statu quo actual respecto a la libre circulación de capitales, servicios y mercancías en tanto no se culmine la negociación del futuro acuerdo de libre comercio.

El modelo que está prefigurándose en la actual fase de negociación se parece al de Noruega. Forma parte del mercado único, hace aportaciones financieras a la UE y se halla bajo la jurisdicción del Tribunal de Luxemburgo sin participar en las instituciones ni en todas las políticas europeas. Para Reino Unido, un país de tanto peso en la historia europea, tiene el inconveniente de que confiere un estatus de pequeño país a quien siempre ha tenido vocación de centralidad. Es peor que el acuerdo que Cameron sometió a referéndum e incluso que el estatus actual de Reino Unido.

Por primera vez en años hay una UE unida frente a un Londres acomplejado y a la defensiva. Y eso empezó exactamente al día siguiente del referéndum, en cuanto se vio que nadie en Londres entre los más entusiastas del Brexit era capaz de gestionar su victoria y en Bruselas, en cambio, se producía una extraña y nueva sintonía entre las instituciones e incluso entre los países socios; pero se agravó cuando Theresa May, en su personal exhibición de arrogancia, osó adelantar las elecciones para obtener una mayoría de mayor calibre y se encontró con un parlamento colgado, en manos de los votos ultras de un partido norirlandés.

El laborismo también está virando hacia posiciones transaccionales respecto al Brexit. Una parte de la opinión británica, bien representada por el ex primer ministro Tony Blair, ha empezado a agitar la idea de un segundo referéndum. Para terminar de complicar las cosas, dos potencias industriales como Japón y Corea del Sur, que la primera ministra acaba de visitar, prefieren esperar a que sean los socios de la UE los que tracen la pauta de su futura relación con Londres antes de negociar sus respectivos acuerdos bilaterales de libre comercio.

En el Brexit subyace la creencia de que Reino Unido puede jugar por libre en el mundo global y establecer las reglas de juego en negociaciones bilaterales con los otros grandes jugadores, la UE entre ellos. Las conversaciones de Londres con sus socios globales demuestran, en cambio, que el principal activo británico era y sigue siendo su proximidad y su pertenencia a la UE. El Brexit retrocede, pierde velocidad y puede incluso que en algún momento decaiga, porque el Reino Unido global es una superstición.

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