Martes, Agosto 22, 2017
 
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El fin de la URSS y el “fin de la historia”

El fin de la URSS y el “fin de la historia”

Es 25 de diciembre y hace rato que ha caído la noche. En las calles de Moscú a estas horas es difícil encontrarse con alguien, pocas cosas justifican abandonar la calidez del hogar. No obstante, dentro del Kremlin hay una actividad inusitada. Decenas de funcionarios recorren de manera apresurada los pasillos, aunque ninguno parece tener claro dónde ir. Mijail Gorbachov, que ha sido durante seis años Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, acaba de presentar su renuncia. La URSS deja de tener presidente.

Todo el planeta contempla estupefacto los acontecimientos, aunque en el exterior del Kremlin ya se aprecian los primeros cambios. La bandera roja es arriada, y en su lugar aparece la bandera tricolor de la Federación Rusa. La imagen, retransmitida por todos los medios, no deja lugar a dudas: el gran imperio soviético ha dejado de existir.

Ver más: Imágenes del canal inglés ITN donde se recoge la renuncia de Mijail Gorbachov, Youtube

La debacle comunista es total, y desde occidente los más entusiastas no dudan en proclamar “El fin de la historia” ¿Quién necesita más pruebas para asegurar el triunfo capitalista? El socialismo soviético no funciona. El centralismo no funciona. En definitiva la economía planificada está condenada al fracaso. La URSS y sus setenta y cuatro años de vida no han sido más que un mal sueño, un accidente solo sustentado en la represión y el autoritarismo. Hasta los partidos socialdemócratas aceptarán esta versión. El marxismo-leninismo ha perdido toda autoridad, mejor simplemente olvidar esa etapa oscura.

Aún hoy en día es difícil encontrar una explicación de la caída de la Unión Soviética que no asuma esta como inevitable. Solo algunos, a la izquierda del panorama político, han argumentado que el colapso se debió al error humano o la mediocridad, aunque esta hipótesis a nuestro juicio es igual de insatisfactoria. La gran pregunta sigue sin una respuesta clara: ¿Por qué se hundió el sistema soviético? ¿Eran las decisiones de Gorbachov las únicas posibles o había caminos alternativos de actuación?

De Brézhnev a Andropov. Una oportunidad perdida

Cuando en 1964 Leónidas Brézhnev se hizo con la Secretaría General del Partido Comunista, nadie hubiera podido imaginar la situación que viviría el país varias décadas más tarde. Al fin y al cabo la economía nacional se mostraba pujante. Por ejemplo, la producción industrial no dejaba de aumentar –6,77 veces entre 1950 y 1975, según datos de la CIA–. Los servicios sociales, como la sanidad o la educación, se extendían con rapidez a amplias capas de la población y la Unión Soviética despuntaba en el desarrollo tecnológico y científico.

A ojos de los grandes líderes del partido el sistema funcionaba casi por sí solo. La mejor idea parecía no tocar demasiado, y esta fue la principal apuesta de Brézhnev. Mientras que Nikita Jrushchov se había caracterizado por realizar grandes reformas, a veces casi  contradictorias, el nuevo líder llegaba para todo lo contrario. Durante la segunda mitad de los años sesenta la estabilidad y el consenso se convirtieron en política de estado. Los funcionarios apenas rotaban en sus puestos, y los que lo hacían, intentaban no introducir grandes cambios. La iniciativa individual no estaba bien vista y poco a poco se fue consolidando una autentica gerontocracia dirigente.

Como era de esperar todas las instituciones políticas experimentaron un claro anquilosamiento y los acomodados dirigentes empezaron a ver en la corrupción una forma fácil y sencilla de obtener beneficios. La igualdad, principio base de todo el sistema, se veía seriamente cuestionada por la utilización fraudulenta que la alta nomenklatura empezó a hacer de los bienes públicos. Todo funcionaba mejor para los miembros del partido. No obstante, ¿cómo combatir el fenómeno? En un país donde la prensa estaba fuertemente controlada la respuesta solo podía venir de las más altas esferas del poder. Estas, acostumbradas a no introducir grandes cambios, no adoptaron ninguna medida de gran calado y los soviéticos no tuvieron más remedio que adaptarse a la nueva situación. Solo así se explica por qué la afiliación al PCUS no dejó de crecer; en 1973 casi 15 millones de personas estaban formalmente integradas en el Partido Comunista. Un gran número de analistas vio en la impresionante cifra una muestra clara de apoyo y compromiso con el proyecto socialista. Sin embargo parece más acertado pensar que fueron muchos los que entendieron el partido como un instrumento de promoción social. Desde esta perspectiva es más fácil entender el aumento constante de la corrupción. Bajo la oficialidad crecía una “segunda economía” muy difícil de eliminar en décadas posteriores.

Para ampliar: La corrupción de la era Brézhnev, en el banquillo“, El País

Tabla donde se recoge la evolución del crecimiento económico de la URSS
Tabla donde se recoge la evolución del crecimiento económico de la URSS

Con todo, en 1979 ya era imposible ocultar la necesidad de realizar cambios profundos, hasta la productividad y el crecimiento económico se habían resentido. No obstante, como bien demostró Brézhnev, una cosa era reconocer los fallos del sistema y otra muy distinta idear una solución para los mismos. De hecho no sería hasta 1982, y ya con Andropov plenamente instalado en el poder, cuando el gobierno soviético realmente adoptó un amplio programa de reformas para el país.

La nueva estrategia se extendía a todos los niveles. Desde amplios programas de disciplina laboral, especialmente célebre fue la conocida como “Operación rastreo”, donde se castigaba duramente a los absentistas y a los borrachos –la embriaguez en el trabajo había llegado a suponer un grave problema–, hasta medidas más estructurales para modificar los métodos de planificación y gestión económica. Para Andropov resultaba fundamental trasladar el progreso científico y tecnológico militar al mundo civil. No se podía permitir que las empresas que arriesgaban al innovar pudieran ser castigadas por no cumplir los planes estatales de producción, mientras que aquellas que despilfarraban recursos fueran premiadas. Esta lógica incluso se intentó aplicar a  pequeña escala y el nuevo comité gobernante no mostró ningún reparo a la hora de oponerse a la nivelación salarial. El razonamiento era sencillo: los sueldos solo podían crecer si también lo hacia la productividad. De otra forma, como había ocurrido en los últimos años, se conseguía una demanda cada vez mayor que por el contrario no podía verse del todo satisfecha. El estado acababa, de forma indirecta, incentivando el mercado negro y por consiguiente la corrupción. Andropov aplicaba así aquella máxima socialista de “a cada cual según su trabajo”.

Portada de la revista Time tras el fallecimiento de Yuri Andropov
Portada de la revista Time tras el fallecimiento de Yuri Andropov

El programa de reformas, más allá del acuerdo o el desacuerdo, era total y tenía sentido en su conjunto. Unas medidas complementaban y justificaban las otras. Sin embargo a Andropov y su equipo no les faltaron ideas, sino tiempo. El veterano comunista arrastraba problemas de salud desde la Segunda Guerra Mundial y el 9 de febrero de 1984, a los 69 años de edad, un fallo renal acababa con su vida. Como bien resumiría el historiador británico Eric Hobsbawm, citando a un antiguo director de la CIA: “Me parece que si el líder soviético Yuri Andropov hubiera sido quince años más joven cuando llegó al poder en 1982, todavía tendríamos una Unión Soviética”.

Cabe preguntarse si alguien tan joven hubiera podido llegar alguna vez a la Secretaría General del Partido Comunista, ya que cuando en 1984 Kostantin Chernenko se hacía con el control total de la Unión Soviética, este ya tenía setenta y tres años. Sea como fuere, el mandato de Chernenko fue corto, aunque sí duró lo suficiente para que muchas medidas de Andropov fueran corregidas. Con ello todo lo realizado en los dos años anteriores fue perdiendo sentido y la URSS desaprovechó una oportunidad única para encarar la reforma.

Para ampliar:De Andropov a Gorbachov“, Le Monde Diplomatique

Mijaíl Gorbachov. La URSS en la encrucijada

No es posible entender el colapso de la Unión Soviética sin analizar las políticas emprendidas por Mijaíl Gorbachov. Este, en el poder desde el 11 de marzo de 1985, tuvo un inicio fulgurante al mando del partido. En pocos días quedó claro que el nuevo líder no venía para asumir un papel pasivo. La senda de transformación, ya marcada por Andropov, fue rápidamente retomada y Gorbachov siguió legislando contra la nivelación salarial, en favor del desarrollo científico y técnico o en la lucha contra la “segunda economía”. Incluso en mayo de 1985 se volvía a lanzar una campaña contra el consumo de alcohol. Si Andropov había instaurado multas por embriaguez, Gorbachov llegaría a disminuir la producción y a recortar el horario de venta de vodka. Parecía como si la Secretaría General del partido quisiera ir más allá que sus predecesores. Buen resumen del nuevo clima político que reinaba en Moscú son las siguientes declaraciones de Mijaíl Gorbachov: “Muchos de vosotros creéis que la solución estriba en sustituir la planificación directa por mecanismos de mercado. Muchos de vosotros consideráis el mercado como un salvavidas para vuestra economía. Pero, camaradas, no deberíais pensar en los salvavidas sino en el barco, y el barco es el socialismo”.

No es de extrañar que muchos analistas occidentales definieran a Gorbachov como un líder ortodoxo dentro del Partido Comunista. Sin embargo, como todos ya sabemos, el alto mando soviético cambió su línea de acción a partir de 1987. Al final se acabó optando por la promoción de la propiedad privada y un sistema de poder orientado hacia el pluripartidismo. La gran pregunta que debemos responder es por qué se dio tal giro. Si aplicamos el sentido común lo más lógico es pensar que el camino de reformas propuesto por Andropov falló. Ante la evidencia los líderes soviéticos no tuvieron más remedio que asumir la superioridad económica del sistema capitalista. No obstante, si nos acercamos a los indicadores macroeconómicos del momento, la ecuación no parece tan sencilla. En los años 1985 y 1986 la producción y el consumo soviético aumentaron. Además, el crecimiento económico ascendió hasta el 2% y variables como la esperanza de vida o la mortalidad infantil mejoraron por primera vez en 20 años.

Entonces, ¿por qué Gorbachov no siguió con su línea inicial? ¿Desde el principio fue un capitalista encubierto o fue presionado para asumir un nuevo rumbo? Ninguna de estas dos opciones parece factible, por lo que quizá nos tengamos que quedar con la duda. Tal vez sencillamente el hombre más poderoso de la Unión Soviética quería resultados inmediatos y no tuvo la paciencia para esperar los resultados de sus medidas.

Con todo, durante 1987 los soviéticos tuvieron que familiarizarse con dos nuevos términos hasta ahora desconocidos: la Glasnot y la Perestroika. Ambos, desde un primer momento, fueron conceptos tremendamente abiertos. No había una definición única de los mismos. Un día la Perestroika (reestructuración) podía apelar al reencuentro con los viejos principios socialistas y a la semana siguiente aparecer ligada a la idea de un sistema de mercado capitalista. La reforma era algo positivo, aunque nunca llegara a quedar claro hacia dónde se dirigía el gobierno.

Por otro lado la Glasnot (apertura) también se prestaba a las más diversas torsiones. Desde una mayor publicidad y transparencia por parte del Partido Comunista hasta una crítica abierta a todo el sistema soviético. La situación no dejaba de ser paradójica, ya que era el propio Gorbachov quien alentaba a los medios e intelectuales a censurar las políticas socialistas, como si él no tuviera nada que ver en todo lo que ocurría. Desde el gobierno Alexander Yakovlev, fiel aliado de Gorbachov, se encargó de colocar en la dirección de las grandes televisiones y periódicos a personas claramente hostiles al PCUS y al proyecto socialista. De la noche a la mañana la prensa se volvió claramente anticomunista, situando en una posición muy difícil a todos aquellos que osaran criticar el nuevo rumbo marcado desde Moscú. Tras más de 70 años de historia principios tan básicos como la planificación económica, la propiedad estatal o el liderazgo del Partido Comunista se ponían en tela de juicio.

Riots perestroika
De lo que se estaba incubando en la Unión Soviética a finales de los ochenta, la Glasnost y la Perestroika, lo que acabó naciendo fueron los problemas (riots)

En junio de 1988 Gorbachov ya se sentía lo suficientemente seguro como para promover la creación de un Congreso de los Diputados del Pueblo, desde el cual se elegiría a un Soviet Supremo y un presidente ejecutivo. La medida suponía toda una revolución política. A partir de ahora la nueva presidencia, y no la Secretaria General del PCUS, acapararía el poder real en la Unión Soviética. El partido Comunista debía ir perdiendo paulatinamente todos sus privilegios hasta quedar relegado a una fuerza parlamentaria como otra cualquiera.

El sistema político afrontaba así la reforma más profunda en décadas. No obstante buena parte del proceso fue eclipsado por las nuevas medidas económicas impulsadas desde la presidencia. En diciembre de 1987, casi como un anticipo de los años siguientes, se había aprobado de manera repentina la reducción del número de productos industriales que serían adquiridos por el estado. Si hasta ahora la administración había cubierto la compra del 100% de la producción, con el nuevo decreto solo se haría cargo del 50%. En teoría las empresas ganaban autonomía para vender sus productos en el mercado. La ley de la oferta y la demanda debía ayudar a resolver los problemas de distribución. En la práctica el planteamiento se mostró totalmente temerario y en pocos meses la economía se hundió en el caos. A finales de 1988 la escasez ya era un problema grave y en la Unión Soviética aparecía, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la inflación.

Sin embargo Gorbachov y su equipo estaban convencidos de la validez del nuevo camino. Para ellos el problema no radicaba en la introducción drástica de mecanismos de mercado, sino en el hecho de que aún no se había profundizado lo suficiente en la reforma. El siguiente paso fue la aprobación de la llamada Ley de Cooperativas. Con ella se pretendía legalizar o cooperativizar las nuevas organizaciones que surgían a raíz del mercado o que provenían de la segunda economía, es decir, del mercado negro. La empresa privada tendría bajo este paraguas reconocimiento legal en el sistema soviético. Las relaciones entre las empresas estatales y las nuevas cooperativas deberían ser a partir de ahora más fluidas, ayudando a las primeras a salir de la difícil situación en que se encontraban. Lo que realmente ocurrió fue que las empresas públicas vieron un buen negocio en arrendar su equipo industrial a estas cooperativas menos controladas por el estado. De manera informal había comenzado la privatización de los activos estatales.

A posteriori es fácil concluir que a principios de 1989 el panorama era muy poco esperanzador. Desde Moscú el gobierno no parecía capaz de solucionar la situación, y muchos ciudadanos se refugiaban poco a poco en el nacionalismo. Podríamos analizar caso por caso, pero rápidamente se hace evidente que con una economía en caída libre y un Partido Comunista debilitado era muy difícil dar una respuesta satisfactoria a las demandas que se planteaban por toda la Unión Soviética. Quizá en este momento ya no había marcha atrás al colapso. ¿Cuál fue el hecho que desencadenó el dominó? Es complicado saberlo. 1989 dejó muchas imágenes para el recuerdo: los soldados soviéticos abandonando Afganistán, un triunfante Lech Walesa en Polonia o el Muro de Berlín destruido a martillazos eran mensajes muy claros para toda la URSS. El bloque soviético se derrumbó, de eso no hay duda, pero el derrumbamiento no era inevitable. No podemos concluir tan fácilmente que el socialismo está condenado al fracaso y relegar a Marx al rincón de la historia. Fueron decisiones y políticas concretas las que llevaron a arriar la bandera roja del Kremlin en 1991. No obstante siempre hubo otras vías de acción. En un mundo como el de hoy nunca está de más recordar que lo existente no acaba con lo posible.

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